No es genocidio

16/Sep/2025

La Gaceta, España- Xavier Rius

«Yo he estado en Auschwitz, en Dachau, en Buchenwald, en Mauthausen. En este último, por cierto, en más de una ocasión. Y lo de Gaza no es genocidio. Genocidio es querer exterminar a otro pueblo. Incluso con métodos industriales. A sangre fría.»

Lo de Gaza es una guerra. Y no la empezaron ellos. En la memoria de cada israelí quedará grabada la fecha del 7-O del año 2023. Como, en la de los americanos, ha quedado grabada la del 11-S del año 2001. Los asesinatos a sangre fría o delante de los hijos. Las violaciones masivas. El secuestro de civiles. Y, sobre todo, la alegría de los asesinos por cada una de sus acciones.

El último cazado por el Mossad fue aquel que, en una llamada telefónica a su padre, estaba exultante por haber matado a diez israelíes con sus propias manos. El progenitor estaba orgulloso del comportamiento de su hijo. Lamentablemente en las guerras mueren civiles. De hecho, en general se ganan masacrando a los civiles. Desde un punto de vista militar, son el punto débil. Se intenta quebrar su moral o desatar el pánico.

Los alemanes, durante la II Guerra Mundial, lo sabían bien. De ahí el bombardeo de Varsovia o el de Róterdam. A pesar de que los holandeses ni siquiera participaron en la Primera Guerra Mundial. Y luego acogieron al káiser depuesto. O en Francia. En la que ametrallaban las columnas de refugiados. Era una manera de entorpecer los movimientos de tropas. Aunque, dicho sea de paso, entonces ya estaban más en desbandada que al ataque.

En el conflicto de Gaza, el Ejército israelí ha intentado salvaguardar las vidas de los civiles. Lanzando folletos o pidiendo evacuaciones. Incluso en el caso de los fallecidos en las denominadas colas del hambre, cuesta pensar que lo hicieran expresamente. Aunque, evidentemente, a veces es difícil discernir.

Al fin y al cabo, a medida que avanzaba el conflicto nos enteramos de que Hamás utiliza a sus propios ciudadanos como escudos humanos, tiene centros de mando en sótanos de escuelas o de hospitales, varios de sus miembros trabajaban en la UNRWA —la agencia de las Naciones Unidas creada expresamente para los refugiados palestinos— y periodistas fallecidos eran, en realidad, miembros de Hamás.

Por eso, seguí atentamente la comparecencia de Pedro Sánchez el pasado lunes desde los jardines de La Moncloa. Quiero remarcar de entrada que era una declaración institucional, no una rueda de prensa: no había preguntas. Es más, debía hablar a los árboles porque tampoco había nadie excepto el cámara y su equipo de confianza.

Me pareció una huida hacia delante. Incluso al margen de la Unión Europea, que se resiste a hablar de «genocidio». La política exterior española está cada vez más escorada a la izquierda: oscila entre la India —aquel famoso viaje oficial antes de la DANA— y aquella famosa foto con Gabriel Boric (Chile), Lula da Silva (Brasil), Gustavo Petro (Colombia) y Yamandú Orsi (Uruguay) antes de tomarse unas merecidas vacaciones. Menudos aliados internacionales tiene España.

También una iniciativa de cara a la galería. Para contentar a Sumar. Porque es evidente que «el tránsito por puertos españoles» o «denegación de la entrada al espacio aéreo» excluye las bases norteamericanas de Rota y Morón.

Además, cuando anunció la prohibición legal de vender armamento «a ese país», pensé que, en realidad, éramos nosotros los que comprábamos munición a Israel.

Como el caso de los 15 millones de proyectiles de nueve milímetros para la Guardia Civil que, al final, suspendió el Gobierno. No somos ya capaces ni de fabricar balas. Como las mascarillas, que las teníamos que importar de China. Aunque insistió en hablar de «genocidio», de «crímenes de guerra», de «asentamientos ilegales». Pablo Iglesias no lo hubiera hecho mejor. Solo le faltaba decir que se embarcaba en la flotilla.

En el fondo, el objetivo era Benjamin Netanyahu, por su proximidad ideológica a Trump. De hecho, hasta lo citó al final de su intervención. Y admitió que las medidas adoptadas eran para «añadir presión» al primer ministro israelí. En Tel Aviv deben estar temblando a estas alturas. De hecho, la reacción fue inmediata. Han prohibido —de momento— la entrada de dos ministras: Yolanda Díaz y Sira Riego. Para mi gusto, habría añadido a la exalcaldesa de Barcelona, Ada Colau.

Pero lo peor fue cuando aseguró que España se situaba así «en el lado correcto de la historia». Era exactamente lo mismo que decía el entonces presidente de la Generalitat, Quim Torra, tras la aplicación del 155, que animaba a los CDR con el apreteu, apreteu. O que flirteó con una guerra como la de Eslovenia.

Y, desde luego sin ánimo de comparación, debe ser también lo mismo que piensan los de Hamás. Aparte de eso, ni una sola palabra sobre los rehenes que todavía permanecen en poder de la organización terrorista —el último del que se tiene noticias estaba famélico— casi dos años después. A veces parece que la violencia contra Israel tenga que salir gratis. No entenderé nunca esta Europa que insiste en suicidarse.